Hairspray puede que rompa la monotonía del compuesto de fantástico, semi-porno y sangrero que nos aflije actualmente. Pero dentro del género musical es más bien una película canónica. Por una parte es una especie de doble remake, pues se basa en la película homónima de John Waters (1988) y en su versión teatral de 2002. Por otra, repite el afortunado truco de ambientarse en un pasado lo bastante reciente como para despertar la nostalgia del público (aquí lo primeros años 60). El uso contemporáneo de los efectos digitales ameniza los números musicales, que reflejan el momento de quiebre de la tiesura de los años cincuenta por obra de la irrupción del rock y la stardom negra. La fábula se ennoblece enarbolando el concepto de integración, desarrollado humorísticamente por la inclusión de las gordas. La presencia de John Travolta como (enorme) madre y esposa es bastante sorprendente, pero no tiene la insolencia que el travesti Divine aportaba a la versión del 88. Ambretta Marrosu
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