La clase cumple obedientemente la tarea que parece proponerse La Villa del Cine: adoctrinar y aleccionar. La doctrina viene en cápsulas. Diálogos cortos que enseñan cómo pensar sin necesidad de argumentos –no hables como la clase media, los ricos también son dueños de la policía, los pobres son buenos y organizados, los ricos buscan la desestabilización-. Las lecciones, cree el director, apuntan directo al corazón del espectador: la sabiduría de los viejos, la supuesta introspección de la protagonista y su corrupción estructural –es malo tratar de mantener su jerarquía en la orquesta, peor tratar de ascender socialmente e imperdonable pretender abandonar el rancho para vivir en una casa decente. Para recibir buenas calificaciones, el director organiza una muestra de conocimientos de la más elemental historia del cine: uso de las sombras como “símbolos” al estilo del expresionismo alemán e imágenes de vacas desolladas durante la matanza del caracazo, según enseña el formalismo soviético. Experimentos que demostraron la efectividad de estos recursos, pero también su caducidad si no hay una propuesta conceptual de por medio. La imagen idílica de los barrios que transmiten algunos cortos de La Villa del Cine se repite aquí. No sabemos cómo los describe el ministro en su novela –que dicen se agotó al momento de su publicación-, pero evitando una mala nota, José A. Varela no muestra las escalinatas que le dieron prestigio a César Henríquez; los policías que aparecen están tan desdibujados que no resultan tan malos pese a actuar por su cuenta; en el entorno de Tita apenas hay un malandro que se droga y por su culpa una niña sufre una herida en una mano; nadie roba ni hay tiroteos entre bandas; el rancho tiene una decoración de lujo gracias a la desacertada y supuestamente bella dirección de arte y lo peor de vivir allí, según Tita, son los gritos, el desorden y la basura. De resto, todo el mundo es bueno. Lo importante es el carácter introspectivo de la muchacha, pero a la actriz (C. Riveros) le cuesta representarlo. Así que los silencios y planos largos no dicen nada. Para colmo, el más simpático es el sifrino (D. Soto). ¿Un rasgo de realismo? El papá de Tita no aparece ni es nombrado nunca. Pero tiene un hermano chévere y responsable que la protege. Al final, ella toma conciencia al ver a los policías disparándole a sus vecinos y decide robarse un pedazo de res saqueada. ¡Qué bonito! En fin, toda la clase está raspada. Ricardo Azuaga
miércoles, 12 de diciembre de 2007
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