miércoles, 26 de diciembre de 2007

Invasores (Oliver Hirschbiegel, EE.UU, 2007)

Quinta versión conocida de la novela de ciencia-ficción The Body Snatchers de Jack Finney. Cada una peor que la anterior, así que la mejor fue la de 1956 de Don Siegel, donde ganan los extraterrestres y la más mala la de 2007 con Nicole Kidman, como Carol, donde ganan los terrestres. La película se reduce a una corredera de los malos, antes seres humanos con emociones y ahora cuerpos inertes sin emociones, tras Carol, tratando de dormirla para que se vuelva inerte y sea feliz. Carol se salva y descubre la vacuna que permite a la humanidad sobrevivir y seguir cometiendo atroces crímenes, como la guerra de Irak, pero sin perder su identidad. El problema ético se reduce a pocas y pobres frases y lo que importa es la acción vertiginosa y alguno que otro efecto especial. La pobre Kidman pasa de fingirse inerte a manifestar sus emociones y viceversa dos o tres veces por minuto, con resultados maratónicos pero catastróficos. Y eso es lo más notable de este film miserable. Alfredo Roffé

Hairspray (Adam Shanlman, EEUU, 2007)

Hairspray puede que rompa la monotonía del compuesto de fantástico, semi-porno y sangrero que nos aflije actualmente. Pero dentro del género musical es más bien una película canónica. Por una parte es una especie de doble remake, pues se basa en la película homónima de John Waters (1988) y en su versión teatral de 2002. Por otra, repite el afortunado truco de ambientarse en un pasado lo bastante reciente como para despertar la nostalgia del público (aquí lo primeros años 60). El uso contemporáneo de los efectos digitales ameniza los números musicales, que reflejan el momento de quiebre de la tiesura de los años cincuenta por obra de la irrupción del rock y la stardom negra. La fábula se ennoblece enarbolando el concepto de integración, desarrollado humorísticamente por la inclusión de las gordas. La presencia de John Travolta como (enorme) madre y esposa es bastante sorprendente, pero no tiene la insolencia que el travesti Divine aportaba a la versión del 88. Ambretta Marrosu

miércoles, 12 de diciembre de 2007

La clase (José Antonio Varela, Venezuela, 2007)

La clase cumple obedientemente la tarea que parece proponerse La Villa del Cine: adoctrinar y aleccionar. La doctrina viene en cápsulas. Diálogos cortos que enseñan cómo pensar sin necesidad de argumentos –no hables como la clase media, los ricos también son dueños de la policía, los pobres son buenos y organizados, los ricos buscan la desestabilización-. Las lecciones, cree el director, apuntan directo al corazón del espectador: la sabiduría de los viejos, la supuesta introspección de la protagonista y su corrupción estructural –es malo tratar de mantener su jerarquía en la orquesta, peor tratar de ascender socialmente e imperdonable pretender abandonar el rancho para vivir en una casa decente. Para recibir buenas calificaciones, el director organiza una muestra de conocimientos de la más elemental historia del cine: uso de las sombras como “símbolos” al estilo del expresionismo alemán e imágenes de vacas desolladas durante la matanza del caracazo, según enseña el formalismo soviético. Experimentos que demostraron la efectividad de estos recursos, pero también su caducidad si no hay una propuesta conceptual de por medio. La imagen idílica de los barrios que transmiten algunos cortos de La Villa del Cine se repite aquí. No sabemos cómo los describe el ministro en su novela –que dicen se agotó al momento de su publicación-, pero evitando una mala nota, José A. Varela no muestra las escalinatas que le dieron prestigio a César Henríquez; los policías que aparecen están tan desdibujados que no resultan tan malos pese a actuar por su cuenta; en el entorno de Tita apenas hay un malandro que se droga y por su culpa una niña sufre una herida en una mano; nadie roba ni hay tiroteos entre bandas; el rancho tiene una decoración de lujo gracias a la desacertada y supuestamente bella dirección de arte y lo peor de vivir allí, según Tita, son los gritos, el desorden y la basura. De resto, todo el mundo es bueno. Lo importante es el carácter introspectivo de la muchacha, pero a la actriz (C. Riveros) le cuesta representarlo. Así que los silencios y planos largos no dicen nada. Para colmo, el más simpático es el sifrino (D. Soto). ¿Un rasgo de realismo? El papá de Tita no aparece ni es nombrado nunca. Pero tiene un hermano chévere y responsable que la protege. Al final, ella toma conciencia al ver a los policías disparándole a sus vecinos y decide robarse un pedazo de res saqueada. ¡Qué bonito! En fin, toda la clase está raspada. Ricardo Azuaga

martes, 4 de diciembre de 2007

Silencio en la noche (The Night Listener, Patrick Stettner, EEUU, 2006)

Silencio en la noche hace hincapié, en su publicidad y en las advertencias iniciales y finales, en que se basa en hechos reales. Es curioso, porque no añade ni distingue en nada a su relato: el encuentro de un anfitrión radiofónico (más bien un autobiógrafo, interpretado por Robin Williams) con un enrevesado caso psiquiátrico. Igual de superfluo es el aburrido espacio concedido a la vida privada de ese señor, a cuenta del vínculo incidental entre el hecho de que su compañero de vida tenga SIDA, se haya mejorado y lo deje plantado, con el que el niño imaginario también lo tenga, en estado terminal. El cuento consiste en la angustiosa búsqueda del niño telefónico y el encuentro con su creadora (Toni Collette), sola atracción frente a la monotonía del bondadoso Williams. El film goza de la luz del día en un escaso 10% y el espectador termina agotado de tanto esforzar la vista. Ambretta Marrosu

Señor Presidente (Rómulo Guardia, Venezuela, 2007)

De la novela de Asturias, que le valió el Premio Nobel, nada queda. Alguna anécdota maltratada, el nombre de algunos personajes. Hay innumerables eliminaciones y algunos añadidos. Por ejemplo, uno de los valores del libro, la recreación de un ambiente colectivo de terror implantado por un dictador pervertido, pero en el cual el presidente aparece solo en dos escenas, en la película es substituida por la constante aparición de un histriónico personaje (Gustavo Rodríguez) en una especie de antología de los malos de la TV En si mismo el filme es de una pobreza excepcional. En la mayoría de los casos hay sólo planos muy abiertos y primeros planos y la imagen es o muy contrastada, sólo negros y blancos, o todo colorida con la gama de las postales turísticas. Pero los primeros planos cuando son de personas sólo acentúan la pobrísima interpretación del elenco y cuando son de rolos, espaldas, etc. resultan en un caos incomprensible que se supone sean escenas de salvaje represión. Los planos abiertos son en un 30 % torturas y en un 70 % el perverso goce de los torturadores. Las apariciones de varias estrellas, Carlos Mata, Jean Carlos Simancas, Daniel Alvarado, no mejoran la situación. A pesar de ser una producción de RCTV no hay alusiones a la situación venezolana.Todo un poco materia des-compuesta. Alfredo Roffé

sábado, 1 de diciembre de 2007

La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, Alemania, 2006)

La vida de los otros mantiene el interés del espectador a pesar de su extrema sobriedad, que incluye un uso estrictamente necesario del diálogo. Es la historia de la interacción entre la policía secreta (aquí la Stasi, en la RDA comunista de los años 80) y sus víctimas, que implicaría las violencias y el dramatismo del género, pero aquí se utiliza un registro mínimo y meticuloso de la opresiva cotidianidad de la dictadura. El intachable capitán Wiesler (Ulrich Mühe) es encargado de averiguar la posible disidencia del escritor Dreyman (Sebastian Koch). Pronto descubre que la orden superior, por las razones personales más viles, es en realidad la de incriminarlo. Descubre también la dignidad que guía a Dreyman en todos los aspectos de su vida: los ideales políticos, la amistad y el amor. Wiesler adquiere así una nueva conciencia, e igualmente sucede con Dreyman, sacudido por el suicidio de un amigo, y con su novia Christa-Maria, quien no soportará las consecuencias de su flaqueza ante el chantaje del poder. Un hermoso epílogo presenta otro cambio, el del país, y cómo Dreyman descubre y recompensa a su salvador. Un cuento moral, pero sin beatería ni melosidad. Ambretta Marrosu

Beowulf (Robert Zemeckis, EEUU, 2007)

Beowulf es un poema épico escrito en lengua anglosajona hacia el siglo V, antes de que invadieran la actual Inglaterra. Los manuales lo comparan con el Cantar de Mio Cid o con el de Roldán. Es lectura obligatoria en la secundaria anglosajona y está lleno de monstruos, dragones, reyes, héroes y hechiceras. Su belleza por supuesto radica mucho más en su escritura que en la historia misma. En cambio la escritura cinematográfica de Zemeckis es mísera y la historia original casi desaparece. Hasta se inventa una historia de amor entre Beowulf y la madre del ogro, que resulta ser la bella Angelina Jolie. Rodado para 3 dimensiones e Imax, el film se exhibe en Venezuela en 2 dimensiones. Por supuesto es puro efecto especial, pero de los más raquíticos. Grandes actores como Anthony Hopkins y John Malkovich aquí dan tristeza. También un fastidio continuo inclusive cuando el ogro se come vivo a un vasallo de Hopkins. (Alfredo Roffé)

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, España, 2003). No es la película más promocionada en este Festival de Cine Español, bastante gris en su programación y en su difusión, pero es una de las más brillantes. Es difícil hablar de violencia de género –así la llaman ahora- sin recurrir al melodrama o el efectismo. Te doy mis ojos lo evita al sustentarse en el trabajo de los actores; al comenzar cuando aparentemente lo peor ha pasado y en sus intenciones. Por una parte, muestra la transformación del Pilar, que pasa del silencio y la sumisión a la acción y la independencia. Por otra, atiende a Antonio y su intento de “curación”, patético y fracasado. El contexto familiar y profesional va adquiriendo peso. Lo individual se vuelve social. Algunas escenas son algo retóricas. Otras evaden los excesos dramáticos con algo de humor. Es inevitable recordar a los actores: Laia Marull, Candela Peña, Luis Tosar y los que interpretan a los hombres en la terapia. Cine barato y bueno. (Ricardo Azuaga)
Ni tan largos… ni tan cortos (Héctor Palma, Venezuela, 2007). Por suerte no son tan largos estos 2 cortos de 30 minutos cada uno. Larga distancia dice ser un filme de suspenso. No es tal. La historia del hombre que habla consigo mismo desde la muerte es insípida y previsible. Los textos del cuasi monólogo son artificiosos y los recursos del actor no los mejoran. Como otros, el realizador confunde calidad técnica con calidad artística. O sea, los decorados, la iluminación, los registros de cámara y algunos efectos brindados por la tecnología digital recuerdan la publicidad del whisky y de perfumes caros, pero sin ninguna propuesta interesante. Mayor o menor es una comedia cuya gracia se basa en decir groserías, pero los dos protagonistas resultan simpáticos por su naturalidad no necesariamente televisiva. La calidad técnica permanece y, aunque el estilo es menos publicitario, la Polar Ice está en primer plano un par de veces. Al final, otra vez, todo es un chiste. En uno y otro caso, lo más entretenido son los comentarios del público. Mucho más ingeniosos que la(s) película(s) (Ricardo Azuaga)
Noches mágicas de radio (Robert Altman, EEUU, 2006) es literalmente la última película de Altman. De bajísimo presupuesto, obra menor en su carrera, insólita como casi siempre, merece algunas consideraciones. En cuanto a producción, su filmografía puede pasar de una especie de minimalismo intimista a la producción más ostentosa; del cine sobre la guerra a los dramas urbanos y de la fábula moderna al más banal encargo. Pero casi siempre se mantienen la mirada crítica a la sociedad norteamericana, el sentido del humor, la construcción coral y un elenco impecable. A Prairie Home Companion –título más digno que Noches mágicas de radio- muestra la última retransmisión de un anticuado programa radial en Minnesota que realmente existió durante varias décadas. No es más que eso. La recreación del último show. Prácticamente sin exteriores, filmado entre un escenario y su tramoya, con actores admirables que pasan casi toda la película cantando música country o jingles publicitarios y sin alardes tecnológicos, habla de la decadencia de las artes y los medios de comunicación, se permite cursilerías televisivas y lamenta la pérdida de la memoria. Hacer homenajes post mortem es una ridiculez. Altman casi merece ese desliz. (Ricardo Azuaga)